…Cuando los españoles llegaron a nuestra América, los guaraníes no era una etnia que vivía ambulante, de la caza y la pesca, sin asentamiento físico y geográfico, carente de organización alguna, sin ley ni costumbres; tampoco se encontraban aislados históricamente por la muralla impenetrable de un dialecto primitivo y atrasado. El idioma guaraní está considerado por varios autores, como uno de los más evolucionados del mundo. Se encuentra más alejado de la mímica, como complemento, que el inglés y el propio castellano. Tiene tal riqueza y fluidez que sólo comprendiendo su magnífico mecanismo íntimo, podemos apreciarlo en toda su dimensión y aprender entonces a que se debe el decir popular que hace referencia a “el dulce idioma guaraní”. No sólo es onomatopéyico, como algunos intérpretes lo sostienen, sino que, además, expresa a la naturaleza, a toda la naturaleza que rodeaba al conjunto de tribus que vivían en medio de árboles gigantescos y ríos profundos, abruptos colosales y trinos maravillantes, pájaros de colores y húmedos silencios. Es cierto lo que dice Fariña Núñez al caracterizar al idioma guaraní: “yo no sé si según el célebre paralelo del solitario del Yuste, el italiano sirve para hablar con las damas, el francés con los hombres y el castellano con Dios; pero puedo afirmar que el guaraní sirve para dialogar con la naturaleza, en un tono íntimo, llano, casi familiar”.
Como viven.
Los guaraníes, no vivían en estado de naturaleza errante, sino que tenían poblados asentados, con diagramaciones de plazas y viviendas, ubicadas en forma regular y de tipos diferentes, según su destino y todo esto, antes que llegaran los jesuitas. Es cierto que algunas tribus y en algunas ocasiones, se ocuparan las migraciones como forma de defensa o de búsqueda de tierras más productivas. Pero no era una forma de vida regular y permanente. Cerca de la actual Asunción, por ejemplo, existía un poblado guaraní, cuya presencia recogió la historia de nuestra región cercana.
Por eso es muy importante lo que dice Cruz Rolla, al respecto: “El tronco étnico de la raza guaraní, se asentó, en épocas remotas, entre el mar Caribe y el Río de la Plata, ocupando la cuenca del Amazonas y las márgenes de los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay, en cuyas riberas levantó sus ciudades, siendo las más importantes en la región del Caribe, Veraguá y Siguaré, y en la región del Lambaré, en las proximidades de la actual ciudad de Asunción, Tavá-Guazú. La tava de los guaraníes, era una ciudad fortaleza y estaba constituida por cuatro, siete o más ogas, grandes casas comunes, edificadas alrededor de una plaza cuadrangular (ocará), en la que se desarrollaba la vida religiosa y social, pero existían también los tapiy, que eran habitaciones aisladas para cada familia.
La Arquitectura.
“El oga, vivienda común, que albergaba de cincuenta a doscientas personas, estaba construído con troncos de árboles y techos de palmeras. Hamacas y catres eran sus camas. Vestían las mujeres el tipoy, y los hombres, la tanga; usaban diversos utensilios domésticos, tales como vasijas, jarros, fuentes y platos que fabricaban con frutos de calabaza amarga.” Cuando Busaniche analiza el tema de la arquitectura durante las misiones y encuentra en su desarrollo tres etapas—la nutrida con elementos naturales del medio, la misionera, donde predomina la piedra, y la europea injertada, naciente antes de la expulsión—nos confirma lo que antes describía y luego afirma Rolla: que las primeras ciudades jesuíticas fueron mejorando, pero no creando, a las ya existentes ciudades guaraníes.
“Una empalizada hecha con troncos de palmera, continúa Rolla, circundaba la ciudad, y dentro de esta empalizada, se levantaba una muralla, construida con gruesos troncos de árboles de madera dura. Asentaban las ciudades en las márgenes de los ríos, arroyos o lagunas, próximas a lugares boscosos, donde establecían sus chacras, procurando aunar las condiciones de paisajes, estrategia guerrera y práctica agrícola.
“Los primeros cronistas españoles, admiraron y elogiaron las magnificas ubicaciones de las ciudades guaraníticas, y tanto es así que los propios conquistadores las tomaron como asiento para sus fundaciones, adoptando la práctica de la empalizada para su defensa. Esto lo testimonia la crónica de la época y lo certifica el hecho de que las misiones jesuíticas hayan dispuesto sus reducciones en la misma forma que las tavas guaraníes”.
Organización Politica.
Si bien es cierto que cada ciudad guaranítica carecía de una autoridad central que estuviese fuera de la ciudad misma, no por eso dejaban de tener una organización política, respetada y permanente, ya sea en la paz como en la guerra, puesto que cada tribu contaba con un cacique, y ese cacique era elegido democráticamente en una asamblea. Y lo que es más: el cacique era el depositario temporal del poder, pero no el propietario, ya que la misma asamblea que lo había elegido, podía a su vez destituirlo. De esa manera, el poder latente, pero verdadero, residía en la asamblea, que tenia así facultades amplísimas y tomaba determinaciones sobre los bienes comunes y las producciones de las chacras, las relaciones con otras tribus y fundamentalmente la guerra. En este caso, funcionaba como órgano superior el consejo de ancianos. El cacique, o jefe electo de la ciudad fortaleza, llevaba el nombre de mburubichá.
Y agrega Cruz Rolla, sobre el aspecto político de los guaraníes, algo muy importante: “La elección de mburubichá era un acto de carácter popular, y en el candidato se consideraban las condiciones de buen orador, y gran conocedor de la región, sus cualidades de estratega, la ecuanimidad y justicia de sus determinaciones privadas y su sagacidad y valentía.
Constituían los amandayá (asamblea de la tribu) los jefes de cada familia, elegidos por los varones y mujeres adultos de la misma. Sus deliberaciones se realizaban todos los días a la caída de la tarde, tratándose en esas reuniones, los asuntos de interés general, tales como la producción de sus kojué (chacras), la creación y distribución de nuevos rozados, la falta de pesca o fruta silvestre, la conveniencia del traslado de la tribu, las declaraciones de guerra, los convenios de pez, la elección o destitución de los mburubichá, la actuación del payé en caso de peste, y las relaciones amistosas con tribus comarcanas.
Y finaliza diciendo: “En caso de guerra general, se confederaban, y los mburubichá, previa deliberación de sus respectivos amandayé, se reunían en asambleas magnas (heemonoongaba), en las que designaban un jefe común”.
Esta confederación de tribus, organizadas previamente a través de los poblados, y en caso de guerra, unificadas, que eran cazadores y pescadores, pero también agricultores, con alfarería silvestre y armas de variada forma, con asambleas democráticas descentralizadas en la paz y centralizadas en la guerra, formaban el conjunto de características culturales que tenían las comunidades que encontraron los jesuitas y a las que se dispusieron acercar por medio de la música, el convencimiento trabajoso y el trabajo pacífico.
De los aspectos más importantes que los guaraníes habían logrado expresar como partes singulares de su cultura, dos de ellos, el político y el de la organización edilicia de los poblados, fueron, hasta cierto punto, respetados por los sacerdotes jesuitas. Las Misiones Jesuiticas.
El trazado general de las poblaciones y su distribución funcional interna, las formas de organización de las tribus con sus cacicazgos, las tradiciones y el basamento de las autoridades, sobrevivieron, con sólo ligeros cambios, dentro ya de las ciudades misioneras. A pesar de incorporarse a un nuevo Estado, lejano si se quiere, pero real y administrativamente organizado, había sin embargo una continuidad cultural en cuanto a la organización guaranítica se refiere. Tisera por ejemplo, confirma al respecto lo hasta ahora relatado, cuando nos dice: “El sistema, empero, no era innovación pura. Había tomado mucho de la mentalidad guaraní. Y tal vez esta particularidad explique gran parte de su éxito. Fue tarea de los jesuitas llevar a mayor tamaño y racionalizar lo que existía en los hábitos de un pueblo. De allí, por ejemplo, el respeto a la agrupación tribal. Las tribus no se disolvían al ingresar a las organizaciones misioneras: mantenían su conformación, así como sus tradiciones y autoridades internas. Hasta la conformación de las viviendas respondía al modelo agreste, porque ya los guaraníes utilizaban el gran recinto de caña y cuero donde convivían las familias. La colonización mantuvo el carácter colectivo de la vivienda, aunque suprimió la promiscuidad con la instalación de compartimientos familiares e impuso la arquitectura duradera de la piedra, el ladrillo y la teja.”
Si bien esto confirma lo que venimos relatando, eso que afirma Tissera de “suprimir la promiscuidad”, no fue tan fácil, sin embargo. Y hasta en algunos casos, de acuerdo con la importancia, arraigo e influencia de los caciques, fueron prerrogativas respetadas.
En efecto. El querer transformar el tipo de familia, fue una de las cosas que más costó a los organizadores de Las Misiones. Es que ya no se trataba del mismo tipo de problema. Los antiguos poblados guaraníes fueron mejorados en las nuevas reducciones, ampliadas muchas veces para la incorporación de nuevas tribus a las mismas reducciones, y hasta fortificadas, pero tratando siempre, en la medida de lo posible, de respetar la forma y el lugar, es decir, donde estaban y como estaban las tavas guaraníes.
Las jerarquías y los cacicazgos aunque con distintos fundamentos, también tuvieron su lugar en la vida de las nuevas ciudades misioneras. Pero en cuanto a la familia se refiere, el problema se presentó mucho más serio. Eso sí que fue difícil de cambiar, porque estaba en el fundamento mismo de la filosofía existencial de los guaraníes. Por un lado, los guaraníes pensaban que su etnia debía ser prolífica, y que esa era una de las principales razones de la guerra y la vida y por otro, se trataba de ensayar e intercambiar un sinnúmero de métodos dirigidos todos a corregir las costumbres que el cristianismo rechazaba. Si bien el cacicazgo podía ser elegido o hereditario según las circunstancias de lugar y tiempo, el cacique siempre tenía como suyas varias mujeres de la tribu, bajo el fundamento que, la etnia conquistadora de los guaraníes, debía multiplicarse rápidamente en los territorios conquistados.
Este fue uno de los fundamentos del levantamiento de Guirá Verá, el famoso cacique del Guayra, que, si bien pudo haber visto con muy buenos ojos muchos de los preceptos y de los hechos ejemplares que observaba en los jesuitas, no miraba con muy buenos ojos esa renuncia a la multiplicación de su tribu que llevaba implícita la monogamia. Detrás de ese hecho, decía el cacique, sólo podía verse la extinción paulatina de su pueblo.
Oberá, Ñezú y Guirá Verá, los tres jefes de las grandes rebeliones tocaron el tema con tono de denuncia, señalando siempre, como ejemplo dramático, a la monogamia, dado que se negaban rotundamente a despojar a su pueblo del derecho a la multiplicación de sus vástagos. Tissera nos cuenta, por ejemplo, que la primera reducción de San Ignacio Guazú peligró su existencia por ese motivo. Y en más de una oportunidad, la activa y total negativa a aceptar el nuevo vínculo familiar, logró desbaratar a las reducciones incipientes.
Fue en este punto, sin duda, adonde quedó evidenciado que los jesuitas fueron, antes que todo, grandes y flexibles políticos. En efecto. Rígidos en la disciplina del trabajo—tan rígidos con ellos mismos, que imponían al conjunto de la población los mismos hábitos con el ejemplo personal, fueron, sin embargo, muy flexibles cuando había necesidad de serlo: cuando el obstáculo era demasiado fuerte que hacía peligrar el logro del objetivo trazado; cuando para llegar al fin deseado y propuesto, que a la postre era sin duda un avance, había que dar a veces un paso atrás, aunque sea momentáneamente….
Por Salvador Cabral Arrechea. Fragmento del trabajo “La conjunción cultural”. Enciclopedia de Misiones.
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